Azúca Lola!

Historias de la salsa

SIENTO

“Alala lele le lala”

En la habitación suena el piano, entran las trompetas, el trombón, la campana, los bongós, las maracas y finalmente la voz de Héctor, de Hectícor, que nos dice todo lo que siente. Se agarran dos personas mientras por el altavoz Héctor canta y canta y la banda arranca como un fluido imparable, la pareja baila.

Sienten, sienten sus pasos, y sienten, sienten sus voces que se cuentan sobre el otro. Ríen, una de las dos personas dice “ah, esta canción le gustaba a mi papá”. Las rodillas se tambalean y los pies se mueven de adelante hacia atrás. La persona se acuerda de cuando estuvo en La Topa Tolondra bailando salsa en Cali, y más que bailando, mirando cómo se entendían las parejas: sintiendo, sintiendo sus pasos, sintiendo, sintiendo sus voces. La punta’el pie hace una morisqueta antes de comenzar el paso de base y la otra persona da un pequeño salto mientras sonríe. Pa esa persona esta otra baila muy bien. La otra le da vueltas y ésta canta

“Escuche usté La esencia del guaguancó Alala lele le lala”

La habitación se inunda de la esencia del guaguancó, se siente esta esencia invadir los cuerpos, los muebles corridos pa poder bailar, las luces cálidas que caen sobre el tapete y más allá sobre la biblioteca. El guaguancó de la liberación. Escuchan ellos la esencia del guaguancó.

Sienten las ondas del sonido adueñarse de sus cuerpos y de la alegría que les produce bailar esta canción con la voz de Héctor rodeándolo todo. Cada mueble corrido, espichado hasta el último rincón, para poder dar vueltas sin tropezarse. Imagínense una habitación con una o dos ventanas grandes, como la sala de un apartamento, y es de noche. En el centro hay un tapete de patrones, de esos viejos que parecen árabes latinoamericanos, que son delgados, que si uno busca es como el de la tercera imagen que aparece, pero no es exactamente ese, sólo se le parece. Puede ser cualquiera, el que tenía su abuelo en su casa, o el que tenían en su casa de infancia. Sobre ese tapete la pareja de baile hace piruetas.

La pirueteada hace un tsunami del tapete, se enreda en sí mismo. Una superficie movediza y cambiable, se adapta al ritmo de las trompetas que se detiene y avanza. El tapete se desliza con ellos cuando se mueven y bailan de lado, cuando se agarran de la cintura, cuando uno cruza el brazo por encima del otro, el otro da la vuelta, se miran y el primero se devuelve girando solo, sin guía. Da esta última vuelta cerrando los ojos, y el tsunami se le cierra en el pie. Las trompetas, tras unos segundos en silencio, cobran vida de nuevo. Absorbida por el tsunami, el agua o la arena, cae la persona recién llegada de su vuelta. Una patada vuela el tapete y quedan sobre la madera. El tsunami como agua o como arena, que se contiene y que no es más que sí mismo, se encuentra dentro de sí. Una fuerza que llama al interior. Sienten de nuevo los pasos, se buscan entre la voz.

“Ay, yo siento, siento tus pasos, oigo, oigo tu voz”

En el campo se miran el animal y el niño. El niño, sabiéndose de corazón la voz del Héctor –sin saber que el cantante es Héctor y que así se llama– le dice su animal mientras lo abraza

“Qué chiquita más bonita yo la quiero de verdad pero no la mire nadie porque es mía, mía na más”

Y el chinito canta y abraza a su animal, y el animal con sus ojos dice cosas que quedan dentro de sí. El tsunami de la canción y del guaguancó. Lenguajes que se encuentran bien adentro. El niño corre a su casa antes de que anochezca, y los arreboles del campo le anuncian que llegará a la comida de su mamá. Él y su animal sienten, sienten sus pasos. Próximos, ligeros, rememorantes, amorosos. Pasos que evocan, anuncian, avanzan. Pasos que siguen la voz y el ritmo del Héctor y de la Fania en la cabeza. Sienten lo que perciben, aprendido o desconocido. La esencia del guaguancó. Como quien dice ¡bailahora!, corren bailando, piruetas que se reproducen en la mente, en el cuerpo y en la tierra. Animal y niño se observan por un instante.

“En la carrera, del corazón de ambos brota un Siento, ¡Siento!”

 Se sienten en la carrera, como el niño siente la canción de Héctor y el animal siente la voz del niño. Todo ocurre dentro, dentro. Todo menos la carrera, que es externa. Sentir, sentir todos estos pasos, sentir, oír la canción. Ya no se distinguen el afuera y el adentro. Sólo sienten, sienten este amor, esta vida, correr a la casa, mirarse, y decirse lo que de su lenguaje brota. Sienten, sienten la canción. Ellos dos llegan a casa y le cantan a la mamá

“¡Siento una cosa bonita, mamita!”

 Ay, en el escenario brilla Héctor, Hectícor, le decimos de cariño. Desde que cantó lo bailan aquí en NewYorr se imaginó alguna de esas veces en las que bailó con la Puchi, su exesposa, y todas esas cosas que sentía. Hectícor recuerda la muerte de su hijo y todas las saltadas de edificios y oye me libraste de ese horrible tormento, mira a la Fania y para cantar con esta gente hay que tener sabor y sentimiento

Ay, y Héctor desde su escenario cierra los ojos mientras los coristas siento, ¡siento! Héctor siente la música, las trompetas mover su cuerpo como una fuerza que viene de afuera y hace espiral dentro de sí. De repente olvida todo menos la salsa. Siente, siente sus pasos, siente su vida, la que pasó y sigue pasando, y se pregunta qué será antes de comenzar con el siguiente verso.

Baila, baila, baila Y en la sala la pareja da piruetas baila, baila, y el niño se mueve con el animal en la cocina de la mamá baila ahora , y Héctor mueve los pies Baila, baila en este momento

La trompeta y el trombón se alternan buscándose y revolcándose en el aire. No dejándose alcanzar la una al otro. Del sonido más agudo se pasa al más grave mientras una de las dos personas dice “ay, a mi papá cómo le gustaba esta parte”. Cambia la habitación y está ahí bailando con el papá. Se miran en un trance de profundidades, se abrazan entre risas.

La madre baila con el niño, el animal busca participar mientras la última luz del día se apaga Esto es lo mejor que ha dado el mundo oye, qué bien yo me siento

Todos, todos sienten vitalidad dentro de sí, con el arrebol que acaba el día y el animal que corre al lado, con el tsunami en los pies y la sala amontonada, con la Fania atrás y los recuerdos amontonados también. La vida como un tsunami, que amontona y nos lleva al interior. Sentir, abrir y entrar en uno. Como doblarse para mirarse el ombligo, pero convertirse en una espiral. Canta, canta, canta hora, ahora é, ahora é, llegó tu momento. Un viento a modo de torbellino, una espiral, un remolino. Siento, siento.

Siento por dentro, le dice el niño a la mamá, siento tus pasos, le dice el animal al niño, siento y me enredo, se dice la pareja siento, siento tu voz, le dicen todos a Héctor

Hectícor termina: Llegó el Cantante de los Cantantes, y recuerda cuando Rubén le regaló su canción. Rey de la Puntualidad, y recuerda la última vez en la que llegó tarde. ¡Pero mírame en este momento!

CAMILA ANDREA VEGA VERA

Tengo 22 años. Literatura en la Universidad de los Andes. Amor por la salsa.

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